sábado, 15 de diciembre de 2012

Un cuento para regalar en diciembre del 2012



                                               La mano de Io  

Io mantenía con vida la última chispa del fuego dentro de la caverna. Pronto vendría su padre y con el más madera y comida para pasar los meses de invierno juntos. Su padre se había ido con todos los hombres de la tribu a cazar como siempre lo hacían al final del verano. Quedaban en la  caverna su mamá, sus tías y tres niños más que aun no caminaban. Io había crecido rápido y aprendía de prisa todo lo que le enseñaban. Sus ojos no paraban de observar cada actividad que realizaba su madre con el único fin de copiarla. Pero ella quería hacer algo más para terminar de ganarse el corazón de su familia. Un corazón tierno y sencillo que los arropaba en grupo por las noches para no tener frío y los unía en la lucha contra los grandes animales del bosque umbrío. 
Ese día no había salido el sol cuando ya todos andaban en busca de ramas con que alimentar al fuego, dejándole el encargo de mantener la chispita encendida. Io se mantuvo fiel a su labor hasta que un golpe leve la hizo mirar hacia la entrada de roca.  En el suelo una pequeña pelotita color naranja seguía rodando lentamente hasta terminar de detenerse justo frente a sus rodillas. El aleteo de un pájaro seguido de un breve piar le hizo pensar que la pelotita acababa de terminar un viaje por aire y que había llegado hasta allí para que ella, la cuidadora de la chispa del clan de los jaguares, pensara que se podía hacer con  una pelotita así.
Io tomó la pelotita con la mano y la zarandeó sin que nada sonara en su interior, después la olfateo hasta que un lejano olor a tierra y carne le recordara que tenía hambre y que la chispa no se podía apagar. Se cercioró de que el pequeño fuego siguiera vivo en el centro de las cenizas sin soltar la pelotita dentro de su mano. Iba a morderla pero se contuvo.  La pelotita era hermosa, brillante y colorida. Decidió guardarla a la entrada de la caverna. Salió a toda prisa faltando por primera vez a las reglas del clan, que le tenían prohibido dejar su puesto.  Se guió por su instinto joven y despierto hasta  un espacio donde la tierra era muy negra y húmeda. Allí cavó con su mano un huequito y guardo la pelotita tapándola de inmediato con tierra. Por toda seña puso tres piedras en línea y corrió hasta la caverna de nuevo.
   
Io supo que llegó su padre porque tenía el recuerdo de su olor siempre vívido en su mente. Del grupo de hombres solo volvieron tres. Su padre estaba herido y enfermo. Su madre empezó a gritar y las demás también. Lo cubrieron con pieles y avivaron el fuego. Pasaron muchos días antes de que su padre volviera a levantarse. Lo hizo pero ya nunca volvió a salir de caza.  Solo se sentaba a la entrada de la caverna con la mirada perdida en el cielo durante todo el día hasta que su madre lo ayudaba a meterse y lo cubría de nuevo con las pieles.  Io sabía que añoraba sus viajes y sus luchas.
Para la siguiente primavera ya habían más niños y los hombres de nuevo salieron menos su padre. Io terminó de hacer el bastón antes del mediodía. Estaba segura de que con la ayuda del bastón su padre podría hacer cortos recorridos  y quizá alegrarse un poco y volver a chillar y reír como antes. Al padre le costó acostumbrarse al bastón pero con él fue capaz de internarse en el bosque y poco a poco conocer las plantas y los animales menores. Cada vez volvía con nuevas hojas y piedras que convertía en polvos con que pintar las paredes de la caverna. Eran sus historias. Io las veía y chillaba y chillaba y resoplaba y contenía los sonidos y los soltaba. A su padre todos lo conocían ahora como el de las buenas manos. Pero un día no muy lejano el padre no volvió más. En ese tiempo eran  muy pocos los padres entonces todos lloraron al padre de Io como el propio porque los había acompañado en la caverna mucho tiempo, coloreando paredes y curando enfermedades. Esto los hizo sentir mejor a todos y empezar a recordarlo cada vez que veían sus manos pintadas en las paredes de la caverna. 
 Io ya era grande y no necesitaba el permiso de su madre para salir al bosque. Quería hacer un fuego en recuerdo de su padre en lo alto de la montaña para terminar de calmar su corazón. Un primer altar para retener lo que la memoria perdía.   
Io no había caminado mucho tiempo cuando se encontró  de frente con muchas plantas todas iguales, altas, de hojas verdes brillantes y tallo robusto. De ellas colgaban pelotas naranjas redondas y también brillantes.  De inmediato se recordó de la pelotita que enterrara tiempo atrás. Io dejó a un lado sobre el suelo lo que llevaba para hacer el fuego y el altar en honor a su padre. Rodeó todo con cinco grandes piedras, cada una en recuerdo de cada dedo de la mano. Porque eso era lo que tenía; manos para hacer cosas como su padre le había enseñado y cabeza para pensarlas.  Tenía mucho por hacer. 
Io ya no subiría a la cima porque  tenía que volver y llevar toda aquella comida a su clan. 
¡Que mejor lugar sagrado que ese, pensó, donde tomar la comida y recordar al mismo tiempo a los que ya no vuelven! 

Io inicio el camino de vuelta pensando en cual otro lugar sería bueno para enterrar más pelotitas.  Tenía tantas cosas que hacer, que decir, que contar, que dejar registrado en las paredes …

Al día siguiente todo el clan reunido llegó al lugar y hicieron un fuego hermoso donde recordaron a los que recordaban.
Las estrellas brillaban perfectas sobre la región de los jaguares iluminando el río en su caída libre.  Io estaba segura de que muchos pensaban lo mismo: Era más hermoso contemplar el cielo abierto y las plantas cargadas con frutos que la oscuridad de la caverna. Aquel era un buen lugar para vivir.  
Sus hermanos menores se acercaron y uno de ellos le tomó  la mano. 
– Akí Io -dijo- akí. Akí, akí, akí. Y brincó sobre la tierra con júbilo seguido por todo el grupo de niños que también gritaron -¡Akí, akí, aki,´akí, Io....!. 
Su madre sonrió. Ella y otras mujeres después de recoger piedras empezaron a moler los frutos, mientras los hombres amarraron entonces las piedras más filozas a trozos de madera pulida. Io  hizo con sus manos un cono con polvo de resina de árbol y lo lanzó al fuego. El olor a bosque inundó el aire  como sucedería en el futuro cada vez que la luna se escondía detrás del sol de las cinco piedras. 

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