sábado, 5 de diciembre de 2009

LA DAMA MURASAKI la primera novela la escribió una mujer


LA DAMA MURASAKI

¿Sobre que tallo mora el rocío?

 

O la primera novela la escribió una mujer…

 

Murasaki Shikibu, dama de la corte del Japón medieval escribe su famosísima novela  El romance de Genji, o El Genji Monogatari, en los comienzos del año mil de nuestra era, cuando viuda, se recluye a los 30 años dedicándose a la escritura y a la meditación, 130 años después de que la poeta  Ono Komatchi, escribiera este verso:

“El color de la flor se pierde en la caída  de una larga lluvia; así se desvanece la belleza de la mujer mientras pasa por la vida en una larga contemplación de sí misma.”

(aquí sobran los comentarios sobre la agudeza del conocimiento personal y lo lentas que hemos sido las mujeres para entender un par de cosas sobre la auto contemplación y el psicoanálisis...)

 

Murasaki escribe sobre la complicada red de la comunicación humana, cuando en  Europa  los únicos brillos en estos temas los dan los musulmanes en Granada,  ya que los romanos están muy ocupados con sus agrimensores.

 

El romance de Genji, obra que originalmente consta de 4234 páginas, narra la vida y amores del príncipe Genji, en los primeros 44 capítulos y la vida de Uji, su hijo, en los restantes. Se narra la  historia de este príncipe, bello y educado, que busca desesperadamente  saber  sobre que tallo mora el rocío  sin conseguirlo. Este es el relato de Genji.

 

Una historia de un hombre escrita por una mujer. Donde se narran innumerables seducciones, manipulaciones, incluidos los disfraces nocturnos, a los que recurre Genji con tal de obtener lo que desea: un jirón de alma. Porque más que la obtención del placer sexual, más  que la marca en el rifle de cacería, o el amor vencido de la más reacia de sus presas, (de 15 a 57 años cualquiera), Genji es un hombre-niño que se pasa disipando las nubes de su propio espíritu, con un método bastante tradicional: amar y abandonar a varios corazones y cuerpos en el camino. ¡Qué otra cosa se le podía pedir a un príncipe medieval, acostumbrado como estaba a que cambiaran el curso de los arroyos y los arreglos de los jardines, conforme él paseaba por la vecindad, en busca, como siempre, del amor de su vida,  de la dama que le  zurciera el hueco de ozono espiritual, la diosa que le otorgara el absoluto del porsiempre pleno y perfecto en una bellísima foto de eterno presente enamorado. Y por eso la novela es larga, como largos y tortuosos son los caminos del donjuanismo,  de las obsesiones y de la incomunicación entre hombres y mujeres. Pero esto no es nada nuevo.

Lo que realmente impresiona es como Murasaki, la mujer, explora en el interior de su personaje masculino con gran cuido  y sobretodo creando un  extraordinario desenlace: la búsqueda de Genji a llegado a su fin desde el principio. Solo Murasaki, la niña intuye el camino. Un camino nunca antes caminado.

Año 1000, recordemos. En la corte de Kioto florecen los ciruelos antes que el azafrán, mientras el contorno de la luna camina por las terrazas y los templos donde viven recluidas las mujeres, las que no son sirvientas, porque nadie que lo fuera contaba en el palacio de Hitachi, a la espera de las misivas poéticas de sus amantes furtivos, (el matrimonio sigue siendo otra cosa) con el mismo ritmo y silencio que su propia auto contemplación les demande. Bienes y maldiciones del ocio. Antiguo maestro de quienes quieren aprender que la inacción es sobre todo comunicación, no parloteo.

Gracias Señora Murasaki por la lección y por la joya. Por hacernos recordar que desde hace 1002 años los hombres, de Nipango como si no lo hicieran, desde lejos mueven sus largas mangas y las mujeres, también desde lejos, como sino lo hicieran, sus abanicos, buscando sobre un camino ya agotado el jirón de alma.

El camino que propone Murasaki  en su novela es el de recorrer el mismo camino  de los niños que nacieron a la misma hora y día que los adultos, y que por algún error, después de los 11 años, nadie los volvió  a ver.

 


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