domingo, 20 de mayo de 2012

extracto de capítulo de la novela VER BARCELONA


  Extracto de capítulo de la novela VER BARCELONA




Arena

Color similar al compuesto por partículas  de rocas silíceas que pueden ser oscuras o claras, creando un tono inestable a la percepción.

 

Siempre había alguien despierto en Barcelona.

Frente a su ventana en el Passeig de Gracia, unas cuantas luces encendidas, piso más arriba, piso más abajo, señalaban las diversas rutinas de sus ocupantes. Ella era una más que mantenía su lámpara encendida. Hacía rato que leía el último best seller pero  no pasaba de la página treinta. Repetía la 28, la 29, un párrafo de la treinta y  de nuevo a lo mismo. Tomó un sorbo de la botellita de agua que  dejaba dispuesta sobre la mesita de noche. Miró sus manos, los bordes de las uñas manchadas con pintura blanca, y de pronto recordó el manual. Dejó el libro y se sentó sobre la cama. 

Hacía meses que no releía el manual.  Pero esa noche tenía que hacerlo. Ya eran muchos los días en que no se sentía bien. La ansiedad le hacía fumar el doble y los pensamientos repetitivos con lo mejor de sus miedos la mantenían al borde de un ataque de pánico. Por eso ya ni salía. Temía cruzar la puerta, verse en la calle abarrotada de gente y no saber dar un paso. Igual que ella estaba su taller o palomar, como le gustaba llamarlo. Sucio, desordenado y maloliente. La ayuda doméstica que había pedido a la agencia aún no llegaba. Ni siquiera había vuelto a cocinarse. Tenía que terminar las pinturas y cada vez le costaba más enfrentarse al vértigo del lienzo blanco.  Fue hacia el armario y  sacó el manual de entre la gaveta de los calcetines. El cuaderno, viejo y lleno de marcas de tazas de café, tenia escrito Manual de Pintura. 1937 en la portada y estaba subrayado con dos líneas rápidas de carboncillo. En una esquina inferior, con letras bastante pequeñas se leía:  Boninn. Maestre pintor.

 

Se metió de nuevo en la cama con el cuaderno, como siempre hacía cuando entraba en crisis. En su taller, ya tenía todo dispuesto. Los bastidores, las pinturas, los solventes, los aceites y pigmentos, la paleta limpia y los pinceles suaves y dóciles sobre la esquina de la mesa que desocupó, como pudo, de ceniceros llenos, papeles arrugados y sobras de naranja y pan. Faltaba que diera el paso que da inicio a la metáfora de la pintura. Esa maravillosa representación que siempre le sorprendía fluyendo de su mano hacia el lienzo.

El manual estaba estructurado por capítulos divididos en colores.  En el encabezado decía  Rojo. Leyó en voz alta:

“Hay que pintar no solo con la mano sino que con todo el cuerpo. Pintar los colores que guardan los objetos y las gentes, para activar las energías sagradas por medio de las formas que descubren los colores. Abrir las puertas que son las bocas de las casas hacia los cuerpos del universo y de nosotros mismos. Sangre con sangre, rojo con rojo, hasta instrumentalizar lo sagrado de otros mundos en este. El poder de la sangre, como lluvia que mana de las fauces, de la boca, puerta de la vida, uniendo un portal con el otro de otro mundo, rojo con rojo, el antiguo rito del sangrado. Conectando el agua con la vida de la carne y del corazón.  No el rojo rosado de mi madre, el rojo rosado de mi hijo, este es el rojo amor. Amor, amor patrio, te doy mi sangre, como el verde que te quiero verde de Lorca, te doy mi cuerpo para que pintes con el. Pinta, pinta, pinta, solo así se puede pintar con el rojo.”

 

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